jueves, 28 de agosto de 2008

Fragmento de mi libro de relatos"De recuerdos y sueños y amores y mas...

María estuvo en casa más de quince años y nunca supe cuántos años exactamente vivió en casa del abuelo. Era una mujer de aspecto rústico, de rasgos mestizos y mirada afligida. Su piel aceitunada, sus cabellos negros que no sujetaba en un moño como se lo sugería la abuela, y su figura delgada me recordaba a las mujeres inmortalizadas en los cuadros de Gauguin. El jefe de la tribu indígena a la que perteneció se la regaló al abuelo cuando realizó un viaje a una región fronteriza con Brasil, de otro modo, hubiese sido víctima de la fatalidad porque la hubiesen matado.
Apenas llegó a casa del abuelo con una túnica que le regalaron las monjas del pueblo para que tapara sus vergüenzas, fue tratada como una sirvienta, pero con el transcurrir del tiempo se fue ganando el cariño del abuelo hasta convertirse en un miembro más de la familia. Lo primero que hizo el abuelo fue enviarla a la escuela nocturna para que aprendiera a leer y a escribir, y fue allí donde se suscitó su primer conflicto existencial. Se llamaba María, a secas. Y ese primer día de clases se preguntó, por primera vez, quién había sido su padre y emprendió de inmediato la tarea de indagar en su pasado. Acudió a la matrona de su tribu, una anciana que conversaba con las piedras, de ojos opacos pero embravecidos, de mirada intimidante pero con una pizca de sabiduría en su expresión. La anciana, que era también curandera, conoció bien a su madre porque más de una vez le sacó los gusanos del cuerpo con un trapo empapado con kerosene caliente. No obstante, la mujer no le proporcionó la información que buscaba aduciendo que la madre había traicionado su confianza al embarazarse del jefe de una tribu enemiga. María no se amilanó, se sentía invadida por una curiosidad natural que la impulsaba a continuar en su búsqueda. Poco después, padeció la frustración de no saber quién la había engendrado porque una amenaza de muerte la obligó a abandonar su investigación. El jefe de la tribu consideró la posibilidad de ejecutarla, a pesar de que ella ya no les pertenecía, si es que continuaba investigando sobre su origen.
Ante tales circunstancias el abuelo le dio su apellido en un gesto noble que lo enalteció ante los ojos de María.
El abuelo había sido siempre un hombre de bien. Llegó de París dónde vivió hasta los veinte años, y desde que puso el primer pie en el puerto del Callao se estableció en la ciudad donde vivió hasta su muerte, una noche de luna llena.
María, con su recién estrenado apellido, una de las mejores cosas que le sucedió en la vida porque significó su adopción legal, se convirtió en su mano derecha y en su consuelo. María contaba que el abuelo se pasaba los días inventando una cura para despertar la lucidez en la abuela. Sin embargo, todos sus esfuerzos fueron inútiles pues ni sus constantes noches en vela contemplándola dormir, ni el sin fin de vitaminas que compraba en el extranjero para que le dieran cierto equilibrio mental, dieron el resultado que el abuelo esperaba. Más de una vez se permitió llorar como un niño sobre el hombro de María mientras ella le daba suaves palmaditas en la espalda para confortarlo. Parecía un ser tan indefenso con aquellos ojos tristes que no hacían juego con la expresión serena de su rostro. María hubiese dado hasta su último aliento por una sonrisa del abuelo que nunca sonreía, o por una mirada cautivante porque alguna vez el abuelo miró con otros ojos, risueños, como de niño pillo.
El día que María cumplió veinte años nació mi padre, una tarde de abril cuando apenas despuntaba el otoño, débil, y apenas perceptible. Llegó a casa al quinto día de su nacimiento en brazos de la abuela que lo contemplaba con ternura como si supiese quién era en realidad aquella criatura. Por un instante al abuelo le pareció que la abuela había recuperado la cordura. Poco después su aparente lucidez la abandonó y depositó a papá sobre la cama para internarse en el closet como era su costumbre.
María, después de observar la patética escena desde la puerta de la habitación, asumió el papel de madre y se dedicó en cuerpo y alma a cuidar a papá y a la tía Mercedes, la hermana mayor de mi padre. La tía Mercedes, a diferencia de mi padre, era bonita. De mirada febril que contrastaba con sus escasos cabellos lacios y castaños. Tan parecida a la abuela que más de una vez me pareció que se había reencarnado en la tía Mercedes. En cambio, mi padre no se parecía ni al abuelo ni a la abuela, parecía más bien un ser extraño, como si perteneciera a otra familia. Sin embargo, los dos hermanos habían nacido sin ninguna duda del mismo vientre, y desde pequeños compartieron más que una misma casa. Junto a María crecieron en su pequeño universo de cosas más pequeñas que su propio mundo. Quizá porque María le buscaba a la vida su mejor ángulo que por lo general es pequeñito como lo son las mejores cosas de la vida, aquellas que apenas se ven. Por otro lado, el abuelo se fue haciendo viejo antes de tiempo, por la tristeza o por la melancolía, o quizá por la frustración de querer amar a su mujer y no poder hacerlo. María lo asistió durante sus últimos años de vida: lo alimentaba, lo bañaba, lo vestía y hasta le cepillaba los dientes después de cada comida. Lo cuidaba como a un niño pequeño, lo mimaba al extremo y le cumplió todos sus caprichos seniles hasta el día de su muerte. Ese mismo día terminó su estancia en aquella casa que nunca conocí porque la tía Mercedes la vendió a unos parientes que llegaron del extranjero. Entonces, María se fue a vivir con mis padres y permaneció en casa hasta el fin de sus días, a pesar de que papá se marchó una noche sin dejar rastro y sin un motivo que justificara su ausencia. Recuerdo que era ya una mujer anciana, de ojos apagados y mirada ausente que creía ver la sombra del abuelo proyectada en la pared y sentirlo respirar acongojado. Lo expresaba con tanta convicción que alguna vez creí ciertas sus alucinaciones.
Se levantaba muy temprano, con el despunte del alba, para ir al cementerio a visitar la tumba del abuelo. Se bañaba, recogía su ya grisáceo cabello en una cola de caballo, y se pasaba polvos sueltos por la cara para disimular sus arrugas. Sin embargo, la advertía distraída con los ojos puestos en cualquier lugar menos donde deberían estar puestos, era como si estuviese en otra dimensión. Durante treinta años le llevó flores a su tumba, siempre rosas blancas. Era una mujer sabia que evocaba el pasado para sobrevivir, un pasado que enalteció pues lo habitó el ser que ella más ha querido. Su sentido común le brindó al abuelo el equilibrio que necesitaba para continuar viviendo aunque la vida le jugase más de una mala pasada.
La muerte me arrebató a María una mañana que desperté con cierto desasosiego y una angustia que no entendía. Recuerdo que tuvo una muerte rápida de esas que no te dan tiempo ni siquiera para despedirte. La encontré en el baño echada boca arriba con las manos sobre su abdomen. Me quedé absorta al advertirla en un estado de profunda inconciencia y en sus pupilas advertí que se dilataba un brillo mortal. Su semblante, entre amarillento y transparente, me aterró. Yo grité, y ella me extendió la mano, la que sujeté entre las mías mientras el alma se le escapó del cuerpo.




No hay comentarios: