“Pintarte quisiera pero no encuentro colores por haberlos tantos.” – le dije a mi maestro de arte en un arranque de celos, fue una tarde de abril cuando advertí que una alumna coqueta se le insinuaba – y él muy cretino ni me miró mientras yo me mordía los labios de rabia. Entonces, arremetí de nuevo y exclamé en voz alta: ¡Fuerte como la muerte es el amor! ¿Y qué creen que pasó? Nada, no pasó absolutamente nada, y me sentí como una muñeca de trapo. ¿Será definitivamente mi voz que no tiene consistencia la que me traiciona? Me pregunté absurdamente. Frente al caballete me sentía como una estatua de hielo, y con unas ganas locas de tirar la pintura por los aires. No obstante, y contra todo pronóstico, permanecí en el mismo lugar contemplando la nada, pues no había nada en el caballete ni en mi mente que se había quedado en blanco ni en mi garganta que se resistía a emitir sonido alguno. Esa misma noche, en casa, busqué en todos los libros de papá alguna frase célebre que pudiera llevarme a captar la atención de mi maestro. Quería impresionarlo, seducirlo, atraparlo, encarcelarlo.
“Devórame. Defórmame a imagen tuya para que nadie más, después de ti, comprenda ya en absoluto la razón de tanto deseo.” – expresé de forma poética, ¿Qué creen que sucedió? Como en la vez anterior, el infeliz se hizo el desentendido, como si con él no fuera la cosa. Más tarde, sin ningún pudor para disimular sus bajos instintos le pasó la mano por el muslo a una de sus alumnas. Lo hizo adrede para darme celos – deduje ilusamente- a pesar de que todo parecía indicarme su total y absoluta indiferencia. ¡Maldita sea mi estampa! –exclamé enfurecida cuando los vi marcharse juntos por la avenida central -. Seguro pasarán la noche en algún hostal de mala muerte-me dije-. Y no tuve mejor idea que seguirlos con sigilo, y no tardé en comprobar mis sospechas cuando entraron a un hostal de esos que abundan a lo largo de la avenida. Inmediatamente me di media vuelta y volví a casa arrastrando el alma, poco después, tumbada en el sofá pensé que era mejor así. Sin embargo, y aunque muchos de ustedes no comprendan lo que voy a decir, pensé que él se había llevado a la muchacha para darme celos porque sabía de antemano que yo los seguiría. Al día siguiente decidí cambiar de táctica, y apenas lo saludé con un tímido, buenas tardes profesor mientras acomodaba el caballete cerca de la puerta de atrás, de modo que pudiera estar lo más alejada de él. Esa tarde y todas las que le sucedieron permanecí indiferente, me limité a realizar mi trabajo y marcharme apenas sonaba el timbre. Al principio, él no me hacía el menor caso pero conforme avanzaban los días noté algo en su mirada que me resultaba caprichoso. Era una mirada insistente, voraz, como si de súbito me hubiera descubierto en medio de la nada, y yo ya cansada de aquel juego absurdo me resistí a caer en su trampa mortal. Y una de aquellas tardes, y cuando menos lo esperaba, lo sentí a mi lado, rozándome apenas con su cuerpo, respirando acelerado como si el aire le pesara mientras me daba algunas indicaciones que me sonaron a pretexto, hasta que no resistió más, o se rindió ante mi absoluto desinterés y me dijo con esa voz ronca que lo caracterizaba: ¿Nos vamos? A lo que sabiamente respondí: “Si quieres saber de mí, vete a mirar el mar”.
“Devórame. Defórmame a imagen tuya para que nadie más, después de ti, comprenda ya en absoluto la razón de tanto deseo.” – expresé de forma poética, ¿Qué creen que sucedió? Como en la vez anterior, el infeliz se hizo el desentendido, como si con él no fuera la cosa. Más tarde, sin ningún pudor para disimular sus bajos instintos le pasó la mano por el muslo a una de sus alumnas. Lo hizo adrede para darme celos – deduje ilusamente- a pesar de que todo parecía indicarme su total y absoluta indiferencia. ¡Maldita sea mi estampa! –exclamé enfurecida cuando los vi marcharse juntos por la avenida central -. Seguro pasarán la noche en algún hostal de mala muerte-me dije-. Y no tuve mejor idea que seguirlos con sigilo, y no tardé en comprobar mis sospechas cuando entraron a un hostal de esos que abundan a lo largo de la avenida. Inmediatamente me di media vuelta y volví a casa arrastrando el alma, poco después, tumbada en el sofá pensé que era mejor así. Sin embargo, y aunque muchos de ustedes no comprendan lo que voy a decir, pensé que él se había llevado a la muchacha para darme celos porque sabía de antemano que yo los seguiría. Al día siguiente decidí cambiar de táctica, y apenas lo saludé con un tímido, buenas tardes profesor mientras acomodaba el caballete cerca de la puerta de atrás, de modo que pudiera estar lo más alejada de él. Esa tarde y todas las que le sucedieron permanecí indiferente, me limité a realizar mi trabajo y marcharme apenas sonaba el timbre. Al principio, él no me hacía el menor caso pero conforme avanzaban los días noté algo en su mirada que me resultaba caprichoso. Era una mirada insistente, voraz, como si de súbito me hubiera descubierto en medio de la nada, y yo ya cansada de aquel juego absurdo me resistí a caer en su trampa mortal. Y una de aquellas tardes, y cuando menos lo esperaba, lo sentí a mi lado, rozándome apenas con su cuerpo, respirando acelerado como si el aire le pesara mientras me daba algunas indicaciones que me sonaron a pretexto, hasta que no resistió más, o se rindió ante mi absoluto desinterés y me dijo con esa voz ronca que lo caracterizaba: ¿Nos vamos? A lo que sabiamente respondí: “Si quieres saber de mí, vete a mirar el mar”.
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