jueves, 28 de agosto de 2008
Fragmento de mi libro de relatos"De recuerdos y sueños y amores y mas...
María estuvo en casa más de quince años y nunca supe cuántos años exactamente vivió en casa del abuelo. Era una mujer de aspecto rústico, de rasgos mestizos y mirada afligida. Su piel aceitunada, sus cabellos negros que no sujetaba en un moño como se lo sugería la abuela, y su figura delgada me recordaba a las mujeres inmortalizadas en los cuadros de Gauguin. El jefe de la tribu indígena a la que perteneció se la regaló al abuelo cuando realizó un viaje a una región fronteriza con Brasil, de otro modo, hubiese sido víctima de la fatalidad porque la hubiesen matado.
Apenas llegó a casa del abuelo con una túnica que le regalaron las monjas del pueblo para que tapara sus vergüenzas, fue tratada como una sirvienta, pero con el transcurrir del tiempo se fue ganando el cariño del abuelo hasta convertirse en un miembro más de la familia. Lo primero que hizo el abuelo fue enviarla a la escuela nocturna para que aprendiera a leer y a escribir, y fue allí donde se suscitó su primer conflicto existencial. Se llamaba María, a secas. Y ese primer día de clases se preguntó, por primera vez, quién había sido su padre y emprendió de inmediato la tarea de indagar en su pasado. Acudió a la matrona de su tribu, una anciana que conversaba con las piedras, de ojos opacos pero embravecidos, de mirada intimidante pero con una pizca de sabiduría en su expresión. La anciana, que era también curandera, conoció bien a su madre porque más de una vez le sacó los gusanos del cuerpo con un trapo empapado con kerosene caliente. No obstante, la mujer no le proporcionó la información que buscaba aduciendo que la madre había traicionado su confianza al embarazarse del jefe de una tribu enemiga. María no se amilanó, se sentía invadida por una curiosidad natural que la impulsaba a continuar en su búsqueda. Poco después, padeció la frustración de no saber quién la había engendrado porque una amenaza de muerte la obligó a abandonar su investigación. El jefe de la tribu consideró la posibilidad de ejecutarla, a pesar de que ella ya no les pertenecía, si es que continuaba investigando sobre su origen.
Ante tales circunstancias el abuelo le dio su apellido en un gesto noble que lo enalteció ante los ojos de María.
El abuelo había sido siempre un hombre de bien. Llegó de París dónde vivió hasta los veinte años, y desde que puso el primer pie en el puerto del Callao se estableció en la ciudad donde vivió hasta su muerte, una noche de luna llena.
María, con su recién estrenado apellido, una de las mejores cosas que le sucedió en la vida porque significó su adopción legal, se convirtió en su mano derecha y en su consuelo. María contaba que el abuelo se pasaba los días inventando una cura para despertar la lucidez en la abuela. Sin embargo, todos sus esfuerzos fueron inútiles pues ni sus constantes noches en vela contemplándola dormir, ni el sin fin de vitaminas que compraba en el extranjero para que le dieran cierto equilibrio mental, dieron el resultado que el abuelo esperaba. Más de una vez se permitió llorar como un niño sobre el hombro de María mientras ella le daba suaves palmaditas en la espalda para confortarlo. Parecía un ser tan indefenso con aquellos ojos tristes que no hacían juego con la expresión serena de su rostro. María hubiese dado hasta su último aliento por una sonrisa del abuelo que nunca sonreía, o por una mirada cautivante porque alguna vez el abuelo miró con otros ojos, risueños, como de niño pillo.
El día que María cumplió veinte años nació mi padre, una tarde de abril cuando apenas despuntaba el otoño, débil, y apenas perceptible. Llegó a casa al quinto día de su nacimiento en brazos de la abuela que lo contemplaba con ternura como si supiese quién era en realidad aquella criatura. Por un instante al abuelo le pareció que la abuela había recuperado la cordura. Poco después su aparente lucidez la abandonó y depositó a papá sobre la cama para internarse en el closet como era su costumbre.
María, después de observar la patética escena desde la puerta de la habitación, asumió el papel de madre y se dedicó en cuerpo y alma a cuidar a papá y a la tía Mercedes, la hermana mayor de mi padre. La tía Mercedes, a diferencia de mi padre, era bonita. De mirada febril que contrastaba con sus escasos cabellos lacios y castaños. Tan parecida a la abuela que más de una vez me pareció que se había reencarnado en la tía Mercedes. En cambio, mi padre no se parecía ni al abuelo ni a la abuela, parecía más bien un ser extraño, como si perteneciera a otra familia. Sin embargo, los dos hermanos habían nacido sin ninguna duda del mismo vientre, y desde pequeños compartieron más que una misma casa. Junto a María crecieron en su pequeño universo de cosas más pequeñas que su propio mundo. Quizá porque María le buscaba a la vida su mejor ángulo que por lo general es pequeñito como lo son las mejores cosas de la vida, aquellas que apenas se ven. Por otro lado, el abuelo se fue haciendo viejo antes de tiempo, por la tristeza o por la melancolía, o quizá por la frustración de querer amar a su mujer y no poder hacerlo. María lo asistió durante sus últimos años de vida: lo alimentaba, lo bañaba, lo vestía y hasta le cepillaba los dientes después de cada comida. Lo cuidaba como a un niño pequeño, lo mimaba al extremo y le cumplió todos sus caprichos seniles hasta el día de su muerte. Ese mismo día terminó su estancia en aquella casa que nunca conocí porque la tía Mercedes la vendió a unos parientes que llegaron del extranjero. Entonces, María se fue a vivir con mis padres y permaneció en casa hasta el fin de sus días, a pesar de que papá se marchó una noche sin dejar rastro y sin un motivo que justificara su ausencia. Recuerdo que era ya una mujer anciana, de ojos apagados y mirada ausente que creía ver la sombra del abuelo proyectada en la pared y sentirlo respirar acongojado. Lo expresaba con tanta convicción que alguna vez creí ciertas sus alucinaciones.
Se levantaba muy temprano, con el despunte del alba, para ir al cementerio a visitar la tumba del abuelo. Se bañaba, recogía su ya grisáceo cabello en una cola de caballo, y se pasaba polvos sueltos por la cara para disimular sus arrugas. Sin embargo, la advertía distraída con los ojos puestos en cualquier lugar menos donde deberían estar puestos, era como si estuviese en otra dimensión. Durante treinta años le llevó flores a su tumba, siempre rosas blancas. Era una mujer sabia que evocaba el pasado para sobrevivir, un pasado que enalteció pues lo habitó el ser que ella más ha querido. Su sentido común le brindó al abuelo el equilibrio que necesitaba para continuar viviendo aunque la vida le jugase más de una mala pasada.
La muerte me arrebató a María una mañana que desperté con cierto desasosiego y una angustia que no entendía. Recuerdo que tuvo una muerte rápida de esas que no te dan tiempo ni siquiera para despedirte. La encontré en el baño echada boca arriba con las manos sobre su abdomen. Me quedé absorta al advertirla en un estado de profunda inconciencia y en sus pupilas advertí que se dilataba un brillo mortal. Su semblante, entre amarillento y transparente, me aterró. Yo grité, y ella me extendió la mano, la que sujeté entre las mías mientras el alma se le escapó del cuerpo.
Apenas llegó a casa del abuelo con una túnica que le regalaron las monjas del pueblo para que tapara sus vergüenzas, fue tratada como una sirvienta, pero con el transcurrir del tiempo se fue ganando el cariño del abuelo hasta convertirse en un miembro más de la familia. Lo primero que hizo el abuelo fue enviarla a la escuela nocturna para que aprendiera a leer y a escribir, y fue allí donde se suscitó su primer conflicto existencial. Se llamaba María, a secas. Y ese primer día de clases se preguntó, por primera vez, quién había sido su padre y emprendió de inmediato la tarea de indagar en su pasado. Acudió a la matrona de su tribu, una anciana que conversaba con las piedras, de ojos opacos pero embravecidos, de mirada intimidante pero con una pizca de sabiduría en su expresión. La anciana, que era también curandera, conoció bien a su madre porque más de una vez le sacó los gusanos del cuerpo con un trapo empapado con kerosene caliente. No obstante, la mujer no le proporcionó la información que buscaba aduciendo que la madre había traicionado su confianza al embarazarse del jefe de una tribu enemiga. María no se amilanó, se sentía invadida por una curiosidad natural que la impulsaba a continuar en su búsqueda. Poco después, padeció la frustración de no saber quién la había engendrado porque una amenaza de muerte la obligó a abandonar su investigación. El jefe de la tribu consideró la posibilidad de ejecutarla, a pesar de que ella ya no les pertenecía, si es que continuaba investigando sobre su origen.
Ante tales circunstancias el abuelo le dio su apellido en un gesto noble que lo enalteció ante los ojos de María.
El abuelo había sido siempre un hombre de bien. Llegó de París dónde vivió hasta los veinte años, y desde que puso el primer pie en el puerto del Callao se estableció en la ciudad donde vivió hasta su muerte, una noche de luna llena.
María, con su recién estrenado apellido, una de las mejores cosas que le sucedió en la vida porque significó su adopción legal, se convirtió en su mano derecha y en su consuelo. María contaba que el abuelo se pasaba los días inventando una cura para despertar la lucidez en la abuela. Sin embargo, todos sus esfuerzos fueron inútiles pues ni sus constantes noches en vela contemplándola dormir, ni el sin fin de vitaminas que compraba en el extranjero para que le dieran cierto equilibrio mental, dieron el resultado que el abuelo esperaba. Más de una vez se permitió llorar como un niño sobre el hombro de María mientras ella le daba suaves palmaditas en la espalda para confortarlo. Parecía un ser tan indefenso con aquellos ojos tristes que no hacían juego con la expresión serena de su rostro. María hubiese dado hasta su último aliento por una sonrisa del abuelo que nunca sonreía, o por una mirada cautivante porque alguna vez el abuelo miró con otros ojos, risueños, como de niño pillo.
El día que María cumplió veinte años nació mi padre, una tarde de abril cuando apenas despuntaba el otoño, débil, y apenas perceptible. Llegó a casa al quinto día de su nacimiento en brazos de la abuela que lo contemplaba con ternura como si supiese quién era en realidad aquella criatura. Por un instante al abuelo le pareció que la abuela había recuperado la cordura. Poco después su aparente lucidez la abandonó y depositó a papá sobre la cama para internarse en el closet como era su costumbre.
María, después de observar la patética escena desde la puerta de la habitación, asumió el papel de madre y se dedicó en cuerpo y alma a cuidar a papá y a la tía Mercedes, la hermana mayor de mi padre. La tía Mercedes, a diferencia de mi padre, era bonita. De mirada febril que contrastaba con sus escasos cabellos lacios y castaños. Tan parecida a la abuela que más de una vez me pareció que se había reencarnado en la tía Mercedes. En cambio, mi padre no se parecía ni al abuelo ni a la abuela, parecía más bien un ser extraño, como si perteneciera a otra familia. Sin embargo, los dos hermanos habían nacido sin ninguna duda del mismo vientre, y desde pequeños compartieron más que una misma casa. Junto a María crecieron en su pequeño universo de cosas más pequeñas que su propio mundo. Quizá porque María le buscaba a la vida su mejor ángulo que por lo general es pequeñito como lo son las mejores cosas de la vida, aquellas que apenas se ven. Por otro lado, el abuelo se fue haciendo viejo antes de tiempo, por la tristeza o por la melancolía, o quizá por la frustración de querer amar a su mujer y no poder hacerlo. María lo asistió durante sus últimos años de vida: lo alimentaba, lo bañaba, lo vestía y hasta le cepillaba los dientes después de cada comida. Lo cuidaba como a un niño pequeño, lo mimaba al extremo y le cumplió todos sus caprichos seniles hasta el día de su muerte. Ese mismo día terminó su estancia en aquella casa que nunca conocí porque la tía Mercedes la vendió a unos parientes que llegaron del extranjero. Entonces, María se fue a vivir con mis padres y permaneció en casa hasta el fin de sus días, a pesar de que papá se marchó una noche sin dejar rastro y sin un motivo que justificara su ausencia. Recuerdo que era ya una mujer anciana, de ojos apagados y mirada ausente que creía ver la sombra del abuelo proyectada en la pared y sentirlo respirar acongojado. Lo expresaba con tanta convicción que alguna vez creí ciertas sus alucinaciones.
Se levantaba muy temprano, con el despunte del alba, para ir al cementerio a visitar la tumba del abuelo. Se bañaba, recogía su ya grisáceo cabello en una cola de caballo, y se pasaba polvos sueltos por la cara para disimular sus arrugas. Sin embargo, la advertía distraída con los ojos puestos en cualquier lugar menos donde deberían estar puestos, era como si estuviese en otra dimensión. Durante treinta años le llevó flores a su tumba, siempre rosas blancas. Era una mujer sabia que evocaba el pasado para sobrevivir, un pasado que enalteció pues lo habitó el ser que ella más ha querido. Su sentido común le brindó al abuelo el equilibrio que necesitaba para continuar viviendo aunque la vida le jugase más de una mala pasada.
La muerte me arrebató a María una mañana que desperté con cierto desasosiego y una angustia que no entendía. Recuerdo que tuvo una muerte rápida de esas que no te dan tiempo ni siquiera para despedirte. La encontré en el baño echada boca arriba con las manos sobre su abdomen. Me quedé absorta al advertirla en un estado de profunda inconciencia y en sus pupilas advertí que se dilataba un brillo mortal. Su semblante, entre amarillento y transparente, me aterró. Yo grité, y ella me extendió la mano, la que sujeté entre las mías mientras el alma se le escapó del cuerpo.
Fragmento de mi libro de relatos "De recuerdos y sueños y amores y mas...
“Pintarte quisiera pero no encuentro colores por haberlos tantos.” – le dije a mi maestro de arte en un arranque de celos, fue una tarde de abril cuando advertí que una alumna coqueta se le insinuaba – y él muy cretino ni me miró mientras yo me mordía los labios de rabia. Entonces, arremetí de nuevo y exclamé en voz alta: ¡Fuerte como la muerte es el amor! ¿Y qué creen que pasó? Nada, no pasó absolutamente nada, y me sentí como una muñeca de trapo. ¿Será definitivamente mi voz que no tiene consistencia la que me traiciona? Me pregunté absurdamente. Frente al caballete me sentía como una estatua de hielo, y con unas ganas locas de tirar la pintura por los aires. No obstante, y contra todo pronóstico, permanecí en el mismo lugar contemplando la nada, pues no había nada en el caballete ni en mi mente que se había quedado en blanco ni en mi garganta que se resistía a emitir sonido alguno. Esa misma noche, en casa, busqué en todos los libros de papá alguna frase célebre que pudiera llevarme a captar la atención de mi maestro. Quería impresionarlo, seducirlo, atraparlo, encarcelarlo.
“Devórame. Defórmame a imagen tuya para que nadie más, después de ti, comprenda ya en absoluto la razón de tanto deseo.” – expresé de forma poética, ¿Qué creen que sucedió? Como en la vez anterior, el infeliz se hizo el desentendido, como si con él no fuera la cosa. Más tarde, sin ningún pudor para disimular sus bajos instintos le pasó la mano por el muslo a una de sus alumnas. Lo hizo adrede para darme celos – deduje ilusamente- a pesar de que todo parecía indicarme su total y absoluta indiferencia. ¡Maldita sea mi estampa! –exclamé enfurecida cuando los vi marcharse juntos por la avenida central -. Seguro pasarán la noche en algún hostal de mala muerte-me dije-. Y no tuve mejor idea que seguirlos con sigilo, y no tardé en comprobar mis sospechas cuando entraron a un hostal de esos que abundan a lo largo de la avenida. Inmediatamente me di media vuelta y volví a casa arrastrando el alma, poco después, tumbada en el sofá pensé que era mejor así. Sin embargo, y aunque muchos de ustedes no comprendan lo que voy a decir, pensé que él se había llevado a la muchacha para darme celos porque sabía de antemano que yo los seguiría. Al día siguiente decidí cambiar de táctica, y apenas lo saludé con un tímido, buenas tardes profesor mientras acomodaba el caballete cerca de la puerta de atrás, de modo que pudiera estar lo más alejada de él. Esa tarde y todas las que le sucedieron permanecí indiferente, me limité a realizar mi trabajo y marcharme apenas sonaba el timbre. Al principio, él no me hacía el menor caso pero conforme avanzaban los días noté algo en su mirada que me resultaba caprichoso. Era una mirada insistente, voraz, como si de súbito me hubiera descubierto en medio de la nada, y yo ya cansada de aquel juego absurdo me resistí a caer en su trampa mortal. Y una de aquellas tardes, y cuando menos lo esperaba, lo sentí a mi lado, rozándome apenas con su cuerpo, respirando acelerado como si el aire le pesara mientras me daba algunas indicaciones que me sonaron a pretexto, hasta que no resistió más, o se rindió ante mi absoluto desinterés y me dijo con esa voz ronca que lo caracterizaba: ¿Nos vamos? A lo que sabiamente respondí: “Si quieres saber de mí, vete a mirar el mar”.
“Devórame. Defórmame a imagen tuya para que nadie más, después de ti, comprenda ya en absoluto la razón de tanto deseo.” – expresé de forma poética, ¿Qué creen que sucedió? Como en la vez anterior, el infeliz se hizo el desentendido, como si con él no fuera la cosa. Más tarde, sin ningún pudor para disimular sus bajos instintos le pasó la mano por el muslo a una de sus alumnas. Lo hizo adrede para darme celos – deduje ilusamente- a pesar de que todo parecía indicarme su total y absoluta indiferencia. ¡Maldita sea mi estampa! –exclamé enfurecida cuando los vi marcharse juntos por la avenida central -. Seguro pasarán la noche en algún hostal de mala muerte-me dije-. Y no tuve mejor idea que seguirlos con sigilo, y no tardé en comprobar mis sospechas cuando entraron a un hostal de esos que abundan a lo largo de la avenida. Inmediatamente me di media vuelta y volví a casa arrastrando el alma, poco después, tumbada en el sofá pensé que era mejor así. Sin embargo, y aunque muchos de ustedes no comprendan lo que voy a decir, pensé que él se había llevado a la muchacha para darme celos porque sabía de antemano que yo los seguiría. Al día siguiente decidí cambiar de táctica, y apenas lo saludé con un tímido, buenas tardes profesor mientras acomodaba el caballete cerca de la puerta de atrás, de modo que pudiera estar lo más alejada de él. Esa tarde y todas las que le sucedieron permanecí indiferente, me limité a realizar mi trabajo y marcharme apenas sonaba el timbre. Al principio, él no me hacía el menor caso pero conforme avanzaban los días noté algo en su mirada que me resultaba caprichoso. Era una mirada insistente, voraz, como si de súbito me hubiera descubierto en medio de la nada, y yo ya cansada de aquel juego absurdo me resistí a caer en su trampa mortal. Y una de aquellas tardes, y cuando menos lo esperaba, lo sentí a mi lado, rozándome apenas con su cuerpo, respirando acelerado como si el aire le pesara mientras me daba algunas indicaciones que me sonaron a pretexto, hasta que no resistió más, o se rindió ante mi absoluto desinterés y me dijo con esa voz ronca que lo caracterizaba: ¿Nos vamos? A lo que sabiamente respondí: “Si quieres saber de mí, vete a mirar el mar”.
Fragmento de mi libro de relatos "De recuerdos y sueños y amores y mas...
- Papito, papi querido, sigue leyendo, me gusta escuchar tu voz, mamá dice que tu voz tiene carácter. ¿Qué es carácter, papi? responde.
- ¿Qué más dice tu madre?
- Que pronto te irás de casa. Yo le grito con toda mi voz, “mamá mentirosa”, “mamá mala”. ¿Por qué mamá dice mentiras? Papito responde, ¿papi se fue a la luna? – preguntaba Mariana cuando lo notaba completamente ausente. Mamá se escondió para llorar, dice que es un juego nuevo, papi, no me gusta ese juego. Creo que se volvió loca como la abuela.
- Mariana, baja la voz, la abuela está enferma.
- Mamá dice que está loca y que por su culpa se murió el abuelo francés.
- Basta niña, ya tienes ocho años.
- ¿Y tú cuántos años tienes?
- Muchos.
- ¿Cuántos?
- No te importa.
- Mi papi se volvió viejo, como al abuelo francés le llegó el climaterio.
- ¡Mariana! ¿Dónde escuchaste esa tontería?
- Me lo dijo mamá.
- No lo repitas.
- ¿Por qué?
- Porque no.
- Entonces es verdad. Mi papito ya no puede con una mujer.
- Te voy a lavar la boca con jabón.
- ¡Ah!, no papito, por favorcito no lo hagas. Le suplicaba mientras resbalaban por sus mejillas unas cuantas lágrimas de cocodrilo.
- Pórtate bien.
- Te lo prometo papito, pero no me laves la boca.
- Vamos a partir la torta.
- Mamá sigue jugando el nuevo juego, ¿Cuánto faltará para que se le acaben las lágrimas?
- Llama a tu madre.
- Está jugando el juego triste. Mamá la llorona, la abuela loca, vaya familia la que tengo.
- Basta, qué rápido se te olvidan las promesas. ¿Sabes qué les pasa a las niñitas que no cumplen sus promesas?
- Sí.
- ¿Qué les sucede?
- Se las lleva el diablo.
- ¿Quién te dijo eso?
- Mamá.
- Ella te mintió, el diablo no existe.
- Eso no es verdad – replicó Mariana gritando- sí existe y vive en el infierno.
- Claro que no.
- Si el diablo no existe entonces tampoco existe Dios - le dijo Mariana muy resuelta. El padre enmudeció, la miró fijamente a los ojos sin parpadear. Las palabras de su hija le sonaron como un cañonazo en sus oídos, su rostro se agrandó y el papá perdió la serenidad que a los ojos de Mariana siempre había sido su mejor virtud. El padre estaba asustado y ella no lo podía creer. Por primera vez lo advirtió como a un hombre común y silvestre, no era más el superhombre, al que había inventado para sentirse protegida. Contéstame papá, ¿Dios tampoco existe?
- No, pequeña - respondió luego de un sin fin de reflexiones y una larga pausa.
- ¡Qué estás diciendo! – Exclamó gritando- Dios vive en el cielo donde también vive el abuelo francés. Papá estás loco como la abuela.
- Cálmate Mariana – decía suplicante el padre mientras le sujetaba los hombros. Ven, vamos a soplar las velitas, todos te esperan.
- Contéstame ¿Dónde está el abuelo francés? el padre no hablaba, permaneció en silencio tratando de encontrar una respuesta. ¡Ah!, Exclamó la niña, no lo sabes, ¿verdad?
- Vamos al comedor.
- No voy, primero dime ¿Dónde vive el abuelo?
- Mariana, todos los invitados nos esperan – el papá se impacientó, la tomó de la mano, Mariana se soltó de un tirón y se apoyó en la pared – Dios existe, me lo dijo mamá, como también existe el diablo. Ahora lo sabes y más te vale que no lo olvides. Imprevistamente el papá se rindió ante una criatura de ocho años. Cuando lo vio vencido sintió tanta lástima por él como la siente ahora.
Acabada la fiesta de cumpleaños el papá se fue de casa tal como lo predijo la madre, y esa triste noche Mariana se hizo solo una pregunta ¿Por qué no se le habrá ocurrido creer en Dios?
- ¿Qué más dice tu madre?
- Que pronto te irás de casa. Yo le grito con toda mi voz, “mamá mentirosa”, “mamá mala”. ¿Por qué mamá dice mentiras? Papito responde, ¿papi se fue a la luna? – preguntaba Mariana cuando lo notaba completamente ausente. Mamá se escondió para llorar, dice que es un juego nuevo, papi, no me gusta ese juego. Creo que se volvió loca como la abuela.
- Mariana, baja la voz, la abuela está enferma.
- Mamá dice que está loca y que por su culpa se murió el abuelo francés.
- Basta niña, ya tienes ocho años.
- ¿Y tú cuántos años tienes?
- Muchos.
- ¿Cuántos?
- No te importa.
- Mi papi se volvió viejo, como al abuelo francés le llegó el climaterio.
- ¡Mariana! ¿Dónde escuchaste esa tontería?
- Me lo dijo mamá.
- No lo repitas.
- ¿Por qué?
- Porque no.
- Entonces es verdad. Mi papito ya no puede con una mujer.
- Te voy a lavar la boca con jabón.
- ¡Ah!, no papito, por favorcito no lo hagas. Le suplicaba mientras resbalaban por sus mejillas unas cuantas lágrimas de cocodrilo.
- Pórtate bien.
- Te lo prometo papito, pero no me laves la boca.
- Vamos a partir la torta.
- Mamá sigue jugando el nuevo juego, ¿Cuánto faltará para que se le acaben las lágrimas?
- Llama a tu madre.
- Está jugando el juego triste. Mamá la llorona, la abuela loca, vaya familia la que tengo.
- Basta, qué rápido se te olvidan las promesas. ¿Sabes qué les pasa a las niñitas que no cumplen sus promesas?
- Sí.
- ¿Qué les sucede?
- Se las lleva el diablo.
- ¿Quién te dijo eso?
- Mamá.
- Ella te mintió, el diablo no existe.
- Eso no es verdad – replicó Mariana gritando- sí existe y vive en el infierno.
- Claro que no.
- Si el diablo no existe entonces tampoco existe Dios - le dijo Mariana muy resuelta. El padre enmudeció, la miró fijamente a los ojos sin parpadear. Las palabras de su hija le sonaron como un cañonazo en sus oídos, su rostro se agrandó y el papá perdió la serenidad que a los ojos de Mariana siempre había sido su mejor virtud. El padre estaba asustado y ella no lo podía creer. Por primera vez lo advirtió como a un hombre común y silvestre, no era más el superhombre, al que había inventado para sentirse protegida. Contéstame papá, ¿Dios tampoco existe?
- No, pequeña - respondió luego de un sin fin de reflexiones y una larga pausa.
- ¡Qué estás diciendo! – Exclamó gritando- Dios vive en el cielo donde también vive el abuelo francés. Papá estás loco como la abuela.
- Cálmate Mariana – decía suplicante el padre mientras le sujetaba los hombros. Ven, vamos a soplar las velitas, todos te esperan.
- Contéstame ¿Dónde está el abuelo francés? el padre no hablaba, permaneció en silencio tratando de encontrar una respuesta. ¡Ah!, Exclamó la niña, no lo sabes, ¿verdad?
- Vamos al comedor.
- No voy, primero dime ¿Dónde vive el abuelo?
- Mariana, todos los invitados nos esperan – el papá se impacientó, la tomó de la mano, Mariana se soltó de un tirón y se apoyó en la pared – Dios existe, me lo dijo mamá, como también existe el diablo. Ahora lo sabes y más te vale que no lo olvides. Imprevistamente el papá se rindió ante una criatura de ocho años. Cuando lo vio vencido sintió tanta lástima por él como la siente ahora.
Acabada la fiesta de cumpleaños el papá se fue de casa tal como lo predijo la madre, y esa triste noche Mariana se hizo solo una pregunta ¿Por qué no se le habrá ocurrido creer en Dios?
martes, 26 de agosto de 2008
Nada de vacas en mi vida

Hace unos dìas mi novio me hizo el mejor de los regalos: un libro titulado "La vaca". Apenas lo tuve en mis manos sentì gran inquietud, cierta angustia y temor de leerlo, sin embargo, me armè de valor y el domingo por la noche comencè a leerlo apenas terminò la entrevista que le hacìa Bayly a Carlos Alcantara en el francotirador. ¿Cuàntas vacas conservo desde mis años de niñez? me preguntè inmediatamente. Fue imposible contarlas en una sola noche, que ganas de conservar tanta vaca sagrada, es que màs sencillo es seguir viviendo con ellas que desacerte de las pobres inocentes vaquitas. Sabìa que ese libro no habia llegado a mis manos por casualidad, todo lo contrario, habìa llegado porque tenìa que llegar en algùn momento el dìa de mi liberaciòn, me lo regalò la persona correcta, la persona que me ama y quiere lo mejor para mì, asi que tengo obligatoriamente que poner de mi parte para echar a la calle a cada una de ellas, no es nada fàcil, estoy trabajando en esto con optimismo. Ahora me pregunto por què me refugio en mis vacas, todas inventadas por mì, protegidas y hasta resguardadas de la furia de mi propio entendimiento. Y es que me doy cuenta que estàn ahi, hincàndome, miràndome con sus pestañas lacias, sin embargo, me hago de la vista gorda para seguir viviendo en la comodidad de mi propia mediocridad. Pero en algùn momento tenìa que terminar esta fantasìa de que todo està bien, normal, asì son las cosas, yo no puedo cambiar el mundo, que lo hagan otros, y todas estas conocidas fracecillas que solo me sirven de consuelo, de antidoto contra la depresiòn, de excusa perfecta, y aunque siguen asomando la cabeza, lo que no saben es que no serà por mucho tiempo, pues he tomado la determinaciòn de echarlas para siempre de mi vida, y junto con ellas a todas las vacas que pueda expulsar de mi territorio, no sè cuanto tiempo me tomarà, ni siquiera sè si tendrè la suficiente fuerza de voluntad para no abrirles la puerta nunca màs, pero lo ùnico que si sè es que quiero empezar de nuevo, aprender a vivir sin ellas. Gracias mi amor por tan lindo regalo, por el alimento perfecto para mi espìritu.
lunes, 25 de agosto de 2008
Estoy aprendiendo a vivir
Recièn me doy cuenta que estoy viva, es como si de pronto se me hubieran abierto los ojos y descubriera que el mundo es mucho màs grande de lo que yo hubiera imaginado, un mundo que ahora, a mis 38 años, me lo quiero comer bocado a bocado, pero despacito, masticando cada momento vivido unas treinta y ocho veces para que pueda saborear y digerir mejor la vida, que a veces te sorprende gratamente, y otras, prefiero dejarlo en el olvido, no es fàcil, pero tampoco es imposible, que mas da, si recièn estoy aprendiendo a vivir, si recièn me doy cuenta que estoy viva, si por fin y despuès de haber deambulado sin rumbo por esta vida, le encuentro sentido a vivir plenamente. Vivo feliz porque estoy aprendiendo a amar, aunque suene cursi, amo, es difìcil amar aunque muchos piensen lo contrario. Amo a mi padre que està viejo y me persigue por toda la casa para que le lea sus recetas mèdicas, el periòdico o simplemente le cuente alguna cosa que me haya pasado, y cuando no tengo nada que contarle me invento alguna historia que suele escuchar con atenciòn, me hace un sin fin de preguntas que respondo con mentiras verdaderas, y despuès se va feliz a ver la tele o escuchar la radio. Lo amo con locura porque me puedo reflejar en esos emorme ojos marrones que me miran fijamente mientras le digo toda clase de tonterìas que se me vienen de pronto a la cabeza, y aunque a veces no entiende ni la mitad de las cosas que le cuento, hace como que me entiende perfectamente. Amo tambièn a mi madre que es realmente todo un personaje, a veces amanece de buenas y otras mejor ni les cuento, todos salimos de casa despavoridos, nos refugiamos en casa de la tia Li o en el gimnasio, y mi padre que es el que mas sufre las consecuencias de sus arrebatos termina comprando cualquier tontera que ni falta le hace en el super o conversando con el cambista de la esquina, que de tanto hablar de cualquier cosa, se ha hecho ya su amigo. Mi madre, que les puedo decir, tan pequeñita, pero que se hace ante mis ojos cada dìa màs grande, he llegado a la conclusiòn que tengo mucho que aprender de ella, de su fuerza, de su total entrega a la familia, de su amor incondicional, es tan grande su amor que a pesar de que casi bordea los setenta y cinco años, se levanta a las cinco de la mañana para acompañarme mientras me cambio la ropa para ir a trabajar. Ella, cuando quiere es nice, super nice, pero cuando le entra la furia es un terrermoto de 9 grados, lo bueno es que el enojo no le dura mucho tiempo. Amo a mi hermana, me cuesta, no lo voy a negar, es mi ùnica hermana, la que vino a robarme el trono y me desembarcò de los engreimientos de mi mami y mi papi, naciò cuando yo tenìa siete años y casi me muero cuando la vi por primera vez en los brazos de mi madre. Anita es todo lo contrario a mì, a veces no parecemos hermanas, pero es un hecho comprobado que las dos nacimos del mismo vientre. Ella es demasiado pensante, cuestiona todo y a todos, se pasa el dìa pensando, no sè si pensar se ha convertido en su hobby, sin embargo, no me la imagino de otro modo, ès la que màs se parece a mi madre, ambas son tan disticosas con la comida y no suelen levantarse de muy buen humor. Anita es un caso, sin embargo creo que la amo justamente porque es de esos casos no resueltos, y porque no concibo la vida que estoy aprendiendo a vivir sin ella dentro, y sin mi novio, al que conocì en el gimnasio levantando algunas pesas. Amo a mi novio como nunca imaginè amar a un hombre de la forma en la que lo amo a èl. Amo todo de èl, absolutamente todo, y creo que junto a èl he desubierto que es màs bonito vivir la vida de a dos, que es màs bonito subirse a un aviòn y recorrer el mundo junto a èl, que las papas fritas saben mejor cuando las como con èl, que los programas de la tele los disfruto màs cuando los miro con èl, gracias a èl he conocido la existencia de algunos equipos de fùtbol, que los campos de golf tienen 18 hoyos, que el chato Garcia es el mejor jugador de la universidad San martìn, que el municipal es un equipo de fùtbol de segunda divisiòn, que hay que amar al pròjimo, que hay que aceptar la voluntad de Dios, que hay que obrar siempre de buena fe, que la justicia es un valor que hay que difundir y practicar, que la fe verdaderamente mueve montañas. Amo todo de mi novio, sus virtudes y sus defectos, amo los malos humores de mi madre, la simplicidad de mi padre, los incomprensibles pensamientos de mi hermana, ¿serà por estos amores maravillosos que recièn me doy cuenta que estoy viva y que estoy aprendiendo a vivir?
Mi nombre es Lucia
Me llamo Lucîa como mi madre, como mi bisabuela y como Santa Lucìa, santa de la que mi madre es devota desde que tengo uso de razòn. Me ha costado muchos años identificarme con mi nombre, ahora puedo afirmar que me gusta mucho y que no me imagino con algùn otro nombre por màs bonito que sea. A veces me pongo a pensar en las parejas que van a tener un hijo, y como se rompen el coco pensando en el nombre del niño o niña que vendrà al mundo, es todo un tema, pues se pueden pasar meses deliberando e incluso discutiendo sobre el nombre que deberàn elegir. A mì personalmente me parece que el nombre te marca de por vida, es tu carta de presentaciòn, te puede arruinar la existencia o te la pùede cambiar, quizà por eso las grandes actrices se cambian de nombre por alguno màs sonoro, llamativo, exòtico o simplemente comercial. El otro dìa viendo un programa concurso en el canal español me quedè estupefacta al escuchar el nombre de algunas de las concursantes, ¿A quièn diablos se le ocurre ponerle a su hija Remedios, Agripina, Concepciòn o Encarnaciòn? Con esos nombres estàn màs que muertas socialmente, y me imagino las burlas de las que habràn sido objeto en el colegio, en el super, en el barrio etc. Sin ir muy lejos, mi madre, estuvo a punto de llamar a mi hermana con el lindìsimo nombre, segùn ella, de Jacinta, menos mal que mi padre en pleno bautizo le dijo al cura que la niña se llamarìa Ana Cecilia, de lo contrario, mi hermana estarìa en estos momentos sumida en un profunda crisis existencial. Sin embargo, mi madre hasta el dìa de hoy sigue diciendo que mi hermana debiò llamarse Jacinta como una de las pastorcitas de la virgen de Fàtima, y me pregunto yo, ¿Què culpa tiene la virgen de que a la pastorcita sus padres la hayan bautizado con tal nombre? la respuesta es màs que obvia. A mì este tema de los nombres me apasiona porque hay algunos nombres que realmente te dicen mucho de una determinada persona, por ejemplo: Isabel es un nombre definitivamente de reinas de caràcter, Luis es un nombre de herederos de corona pusilànimes, Catalina es el nombre de soberanas enamoradizas y asi podrìa continuar citando muchos otros nombres mas. Recuerdo que cuando era niña solìa cambiarme de nombre porque el mìo me parecìa nombre de vieja, y era la`ùnica de toda la promociòn del colegio que se llamaba Lucìa, me lo cambiaba por nombres màs comunes como Claudia, Sandra o Patricia hasta que un dìa alguien me dijo que mi nombre significaba luz, desde ese dìa sentì un especial agrado al escuchar cuando me llamaban por mi nombre, quizà le encontrè cierta gracia sonora, o simplemente su significado me convenciò de que me pertenece como la sangre que corre por mis venas, y que sin mi nombre no serìa quien soy. Ahora, solo me queda agradecerle a mi papi quien fue el que eligiò mi nombre.
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