
En casa de mi abuela sucedìan situaciones inexplicables como tomar una taza de cafè dentro de un closet oscuro y hùmedo, utilizar un jabòn diario, jabòn camay por supuesto, inundar la casa y observar la inundaciòn desde la cama. Poner en jaque a la familia era ya costumbre de la abuela Mercedes a quien cariñosamente llamàbamos papayita porque le gustaba mucho la papaya . Yo la miraba atenta esperando alguna nueva ocurrencia suya, èramos naturalmente còmplices desde que tengo uso de razòn porque de alguna manera celebraba cada una de sus travesuras. Pobre la tìa que luego tenìa que limpiar toda la casa, gastarse todo el sueldo reponiendo las cosas que la abuela rompìa o tiraba a la basura convencida de que dichos objetos traerìan a la larga mala suerte a la familia. Recuerdo que se pasaba horas frente al espejo ensimismada en su propio reflejo como si ella hubiera detenido el tiempo. La miraba desde el umbral de la puerta en silencio para no interrumpir tan maravillosa escena, la misma que tengo grabada tercamente en la memoria. Pobre la tìa que tenìa que darle de comer en la boca para que no tirara la comida al basurero sin ningùn tipo de remordimiento. Que pensamientos pasaràn por su mente me preguntaba intrigada mientras la tia recogìa del suelo los pedazos de algo que la abuela habìa roto a propòsito, la tìa recogìa del suelo lo que fuera y la abuela seguìa rompiendo, la tìa necesitaba un poco de compasiòn, la abuela no lo entendìa, que va, su mente deambulada por senderos extraviados. La tìa nunca se quejò, la abuela constantemente. Pobre la tìa que velaba sus sueños quitàndole horas al suyo, a la abuela le costaba quedarse dormida, la tìa querìa que se durmiera de todas formas pero la abuela querìa seguir soñando despierta. Yo no comprendìa de que se trataba todo eso porque era apenas una niña, ahora tampoco lo entiendo completamente, que mas da, en el caso de la abuela las explicaciones salen sobrando.






